20 junio 2021

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Terremotos y Tsunamis en el Estrecho de Gibraltar

Terremotos y Tsunamis en el Estrecho de Gibraltar

Este pasado 31 de agosto de 2016 pasará a la historia comarcal como el día en el que sentimos, con claridad y cercanía, la sacudida de la tierra bajo nuestros pies. Un crujido furtivo, un grito amortiguado nos sacó súbitamente de la monotonía diaria, del hartazgo de los paripés políticos y nuestras planificadas existencias. El terremoto nos sorprendía a las nueve de la noche, con su epicentro en el noroeste de San Roque, a seis kilómetros de profundidad y una magnitud de 3,5 en la escala Richter.

Terremotos y Tsunamis en el Estrecho de Gibraltar y costas gaditanas

Ángel Tomás Herrera | Licenciado en Derecho

Grabado de G. Hartwig – Terremoto de Lisboa de 1 de noviembre de 1755.

La aparente aleatoriedad de los seísmos viene determinada por una regularidad cíclica regida por el tiempo geológico, incompresible e inabarcable a escala humana. Todas las áreas cercanas al Estrecho, Mar de Alborán, Golfo de Cádiz, Canarias y Norte de Marruecos son propensas a los terremotos y maremotos. De hecho, en el propio origen geográfico del Estrecho, en su formación, siempre han estado y están presentes las caprichosas fuerzas telúricas emanadas de luchas titánicas entre las placas tectónicas Africana y Euroasiática. Innumerables tsunamis y movimientos sísmicos han modelado nuestras costas, desde el Algarbe portugués hasta Gerona. El propio paisaje de nuestra Comarca y la formación del Estrecho y el Mar Mediterráneo son fruto de la alianza de las fuerzas geológicas y climatológicas durante cientos de años. Diferentes periodos de sequias y glaciaciones afectaron a la cuenca mediterránea, mientras los movimientos tectónicos unían África y Europa a lo largo de diversos periodos.

Se sabe que el Estrecho hace seis millones de años quedó geológicamente cerrado, provocando prácticamente la desecación del mar Mediterráneo, en lo que se conoce como crisis salina del Messiniense. Durante este período de nuestra historia geológica se acumularon cantidades enormes de sal en el fondo del Mediterráneo, que finalmente serían distribuidas a lo largo de su cuenca cuando se volvió a abrir el Estrecho, en lo que se conoce como Inundación Zancliense. La apertura del Estrecho provocó la invasión de las aguas atlánticas en forma de una cascada titánica, seguida de olas y tsunamis de más de 20 metros de altura. El Atlántico llenaba de agua la actual cuenta mediterránea con una corriente feroz superior a 100 km por hora, haciendo que el Mediterráneo subiera su nivel siete metros cada día. Esa descomunal inundación que se produjo hace 5 millones de años ha dejado huella en tradiciones, mitologías y religiones. Es la inundación bíblica que sepultó paisajes y civilizaciones ignotas, es la consecuencia funesta que siguió a la separación de las Columnas del Estrecho por parte de aquel Melkart fenicio, Heracles griego o Hércules romano en la noche de los tiempos.

Ya sea por voluntad divina o por las fuerzas sísmicas, el Estrecho se fue formando, y alrededor del mismo, los límites del continente africano y europeo. En todo ese tiempo, la costa gaditana fue testigo de un número indeterminado de terremotos y de al menos cinco tsunamis de gran magnitud. También se tiene constancia de tsunamis de menor intensidad en 1790, 1804, 1954, 1980 y 2003, generalmente provocados por terremotos con epicentro en la costa de Argelia. Entre los grandes desastres sísmicos tenemos constancia del fuerte terremoto de Almería del siglo XVI, que destruyó buena parte de la ciudad y parte de la Alcazaba, dejando 2.500 muertos. Aunque el más potente que se ha conocido hasta la fecha fue el famoso terremoto de Lisboa de 1 de noviembre de 1755, de 9 grados en la escala de Richter, que provocó centenares de heridos y más de 100.000 muertos ( 90.000 en Portugal; 10.000 en Marruecos y unos 2.200 en Huelva y Cádiz ). Un terremoto que marcó un antes y un después, produciéndose en el fondo del Océano Atlántico, a 200 kilómetros al sur del Cabo San Vicente. Tan sólo entre tres y seis minutos Lisboa se vio prácticamente devastada. Se abrieron grietas gigantescas de cinco metros de ancho que se tragaron personas y edificaciones. Los supervivientes, que huyeron a los muelles en busca de espacios abiertos, pudieron observar como el agua retrocedía revelando el lecho marino, para cuarenta minutos después sufrir el ataque de tres olas gigantescas o tsunamis de entre 6 y 20 metros de altura. Las réplicas del destructivo terremoto lisboeta se dejaron notar en todas las ciudades españolas. Su influencia se dejó sentir desde Marruecos hasta Finlandia, produciéndose olas de hasta 20 m de altura que barrieron la costa del Norte de África, golpeando las costas brasileñas y las islas de Martinica y Barbados, al otro lado del Atlántico.

Las costas de las provincias de Huelva y Cádiz fueron afectadas gravemente por el maremoto posterior al seísmo de Lisboa, muriendo 2.200 personas. El enorme tsunami azotó Ayamonte donde perecieron 1.000 personas, mientras que en Lepe se produjeron 400 muertes. En Cádiz las olas de hasta 18 metros rompieron las murallas portuarias, y el mar invadió la ciudad tres veces, falleciendo numerosas personas. Conil de la Frontera se vio muy afectado, destruyendo parcialmente la Torre de Castilnovo. El mar avanzó kilómetros tierra adentro, afectando a localidades como Sanlúcar de Barrameda, Rota, El Puerto de Santa María, Tarifa y Jerez de la Frontera. En el Campo de Gibraltar se vio especialmente afectada la localidad de Tarifa. Numerosas poblaciones y núcleos de pescadores cercanos a la costa fueron barridos de un plumazo, resultando destruida el 81% de la flota pesquera gaditana y onubense. En muchos lugares la fisonomía de la costa cambio para siempre. Sin ir más lejos, frente a Huelva se formó una isla por acumulación donde finalmente se asentaría la actual ciudad de Isla Cristina. A los muertos se sumaron cuantiosos daños materiales. Gracias a un informe encargado por el rey Fernando VI sabemos que los daños ascendieron a 70 millones de reales de vellón – lo que equivale a 600 millones de euros actuales.

Desde entonces los movimientos sísmicos se siguen produciendo con regularidad en la zona: Sólo basta recordar el terremoto de Dúrcal – Granada de 1954 de 7 grados; el producido en Huelva en 1969 de 7’8 que provocó la muerte de siete personas; el terremoto de Bumerdés – Argelia. de 21 de mayo de 2003, que provocó cerca de 2.000 muertos, hundiendo cientos de embarcaciones y teniendo efectos sobre las Islas Baleares y la costa levantina española; o el fatídico terremoto de Lorca – Murcia de 11 de mayo de 2011, que con 3,7 grados en la escala Richter provocó una destrucción enorme. No se sabe con certeza cuándo llegará el gran terremoto o un tsunami devastador como el de 1755, pero se sabe que se producirá, tal vez mañana, tal vez dentro de 600 años.

En este año hemos sufrido numerosos movimientos y réplicas. Tras el terremoto de 6 grados en la escala Rischter que sacudió diferentes pueblos de los Apeninos italianos, provocando cerca de 300 víctimas, hemos tenido este seísmo centrado en el Campo de Gibraltar, con numerosas réplicas submarinas. Parece ser que la tierra se mueve últimamente. Ya el 25 de enero y 15 de marzo de 2016 volvimos a sufrir temblores entre 6,3 y 5 grados con epicentro en el Mar de Alborán, en el que encontramos una zona de gran actividad sísmica situada sobre la falla de Tofiño Bank. Esperemos que estos “terremotos premonitorios” se queden en la anécdota, y que no vayan más allá de un leve y sorprendente temblor. Pero tenemos que ser conscientes que nuestra existencia discurre sobre un Planeta vivo, en el que se producen continuos choques de fuerzas y seísmos debido a la deriva o desplazamiento de las masas continentales y las interacciones de las fallas que surcan la capa terrestre a lo largo y ancho de nuestro planeta. El peligro de ese gran seísmo o tsunami siempre estará presente, la cuestión es cuándo se producirá y cuál será su fuerza. Lo que sí tienen claro los sismólogos es que cuando se produzca, los daños humanos y materiales serán mucho mayores a los sufridos durante el terremoto de Lisboa de 1755 o el tsunami de Tailandia y sureste asiático de 2004, y ello porque hoy existe mucha más población centrada en el área costera; además de infraestructuras, zonas portuarias y polígonos industriales, comerciales o químicos, que se verían gravemente afectados.

“Las tragedias desmesuradas, donde todo nombre se borra, permiten siempre empezar de cero. Cuando las olas se tragan una ciudad, se tragan también buena parte de su pasado. Cuando la tierra abre sus fauces, no sólo devora escuelas, tranvías o lonjas. ¿ Quién podrá discutir a un lisboeta superviviente al terremoto del día de Todos los Santos de 1755 su nombre … ?.”

Ricardo Menéndez Salmón – » La ofensa » ( 2007 ).

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