02 diciembre 2020

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Los mil rescates del isleño Miguel

Los mil rescates del isleño Miguel

13174194_1545310019105362_4701982467622801667_nMiguel Domínguez, el guardia civil que lleva más años en la montaña, se retira después de cientos de vidas salvadas

francisco apaolaza: Cuando con 18 años MiguelDomínguez (Isla Cristina, Huelva, 1956) llegó a Boltaña, en Huesca, todas las montañas eran nuevas a sus ojos. Dos años antes se había ido de casa al colegio de la Guardia Civil de Valdemoro emulando a su padre, que salía de patrulla por tierras onubenses a caballo. Entonces hablaba con la zeta y los horizontes eran mágicos. Aún recuerda la primera vez que se subió a la cumbre del Monte Perdido, en el Pirineo aragonés. Allí, a 3.000 metros de altura, con la vista diluyéndose en una cadena interminable de picos, crestas y barrancos, comprendió que estaba en un universo nuevo. Aquello no era la playa y el calor en el que vino al mundo.
Un onubense en la montaña

MiguelDomínguez nació en 1956 en Isla Cristina, en las playas de Huelva.Se hizo guardia civil siguiendo a su padre. Llegó al grupo de rescate de Boltaña (Huesca) con 18 años.

Estudió en Valdemoro y en la sierra de Madrid vio sus primeras montañas.

Es el guardia civil de rescate más veterano de España.

Aún era el más joven del grupo de escaladores y esquiadores de la Guardia Civil y quería conocer «más mundo». El mundo entero lo encontró en Huesca: su mujer, sus dos hijas, su nieta, su huerta y su vida entera. Lo recuerda ahora, cuando se acaba de jubilar como el miembro más antiguo del Grupo de Rescate e Intervención en Montaña, 42 años, cientos de vidas salvadas y mil rescates después.

Entonces el mundo de la montaña era otro y España también. La gente no escalaba en masa, ni había grandes superficies de ropa deportiva a precios baratos, ni más helicópteros que el de los gendarmes franceses que solo pedían en casos extremos.Hacían entre 20 y 40 rescates al año (hoy son 400 en toda la provincia de Huesca) y los heridos había que cargarlos en camilla. «Era duro». Lo dice uno de esos tipos que es capaz de subir una cresta y romper el monte como si fuera un jabalí. Habla en general como para no darse importancia, pero si el periodista le tira de la lengua, recuerda el caso de un chico con congelaciones en un lago helado del Monte Perdido al que tardaron 18 horas en bajar en camilla. «Éramos una docena.Cuando llegamos al refugio, nos tiramos sobre las camas.Estábamos reventados». No habían dormido ni una hora cuando entró Manuel Morales, el jefe al que todos llamaban ‘El Padre’, y les dio la noticia: «Tenemos otro rescate». Un chico se había clavado parte del regatón del piolet en la cabeza al rodar por una ladera. Tardaron quince horas en bajarlo. En total, pasaron dos días y medio sin dormir luchando contra la montaña. Y la montaña pelea duro.

La herida que no se cierra

Después llegaron los helicópteros y en 40 minutos se plantan en cualquier sitio. No dejó de ser difícil. De todas las operaciones, y recuerda muchas, la peor sucedió hace quince años.Ayudaban a una persona mayor, extenuada con más de setenta años.Viajaban tres o cuatro agentes en el grupo. «No sé lo que pasó». El eje central se enredó en una de las cuerdas, el mosquetón impactó en la mampara del helicóptero y Arroyo quedó agarrado al patín del aparato con los brazos.Cayó y murió. «Cuando llegamos a Boltaña, vi a mi mujer y a mi hija mayor esperándome en la puerta.Lo habían visto en las noticias y sabían que había muerto un guardia civil».

Ese día le dejó un siete anímico que aún no se ha cerrado. Otras heridas, las que menos afortunadamente, fueron más físicas. Buscaban a un francés en un collado que tenía un fuerte golpe en la cabeza. El compañero del herido había bajado a avisar y subieron con el helicóptero, y la aeronave les consiguió dejar junto a la persona, pero no consiguió aterrizar ni recogerles de ninguna manera. El piloto les dijo que se tenía que ir. «Sabíamos que si pasábamos allí la noche, tenía muchas probabilidades de morir». Eran las seis de la tarde.«Lo bajamos agarrándolo uno de cada brazo, arrastrándolo». En las zonas más escarpadas lo ataron con una cuerda. El problema era el frío y el viento, así que Miguel le puso sus guantes y su compañero le dejó su gorro. Toño, del refugio, había salido a buscarlos, pero se cruzaron en la oscuridad de la noche. Cuando llegaron al albergue, comenzaron a curarle y a curarse ellos.Entraron en el MiguelServet los tres juntos.

Si alguien se pensaba que iban a dejar al francés allí, estaba muy equivocado. Miguel tenía ocho dedos congelados y su compañero, las orejas. Miguel no perdió los dedos, pero ahora tiene que extremar su cuidado. El rescatado se salvó y vino a verles un mes y medio después. Pasó en 1995. Lo sabe porque lo pone en el trofeo que le dieron por el rescate:«… a 3.000 metros y con vientos de 120 kilómetros por hora». Algunos todavía les envían cartas y postales de agradecimiento veinte años después:«Soy fulano y me sacasteis de tal zona.Quería daros las gracias».

También ha vivido historias felices. Una de ellas sucedió hace siete año cuando dieron el aviso de una mujer francesa que se había separado de su grupo y había desaparecido por un barranco.A los once días de búsqueda «pensábamos que no encontraríamos ni su cuerpo», pero el piloto les dio el aviso:«La hemos encontrado y mueve un brazo». Ella se salvó. «Esa sensación es indescriptible». Foto de Miguel Domínguez.

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