02 diciembre 2022

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Las Cosas de Goyo “Los bares de barrio. Parte 1ª”

Las Cosas de Goyo “Los bares de barrio. Parte 1ª”

Existe una fauna de toda la vida que esta a punto de desaparecer de los bares de los barrios, aquí recordamos algunos de los ejemplares a punto de su desaparición.

La ley de vida nos dice que las costumbres van mutando. Los jóvenes llegan para ocupar el lugar de los mayores y demostrarles que la caducidad existe a base de dominar las modas. Lo de “esto ya no es como antes” o “vaya tela la juventú a dónde iremos a parar” se lleva diciendo desde que Sócrates mojaba los trapos entonces no había pañales de precios desorbitados. Nos vamos haciendo viejos y dejamos de molar. Y eso nos pasa a nosotros y les pasa también a las cosas. Así, en general. Como, por ejemplo, a los bares de barrio.

Me refiero a esos bares donde la fregona es un ser mitológico, donde las luces tintinean agonizando con un “desenróscame de una vez, por Dios”, donde se ve juventud solo cuando hay partido de fútbol. Ante la vorágine de gastrobares, cafeterías hipsters llenas de señores con barba, chanclas de dedo y camisas hawaianas y cocktelerías de diseño donde encontrar el lavabo que te pertenece es un puzzle para mentes despiertas; los bares “DE TODA LA VIDA (MARCA REGISTRADA)” dan sus últimos estertores gracias a la inversión de hombres y mujeres de rasgos orientales. Sí, los chinos están salvando los “Bar Pepe” de toda la geografía española.

Pero antes de que se nos olvide que estos bares existieron alguna vez, antes de que esos señores que los habitan se hagan muy mayores y cambien la jarra de cerveza por la bolsa de la sonda urinaria, necesitamos dejar constancia de esa fauna que pobló esos bares y les dio pedigrí. Por ejemplo:

El señor de los palillos: Parafraseando a la novela de Tolkien, el señor de los palillos es un hombre de mediana edad que acostumbra a dejarse parte de las tapas entre sus dientes para entretenerse posteriormente toda la tarde. A veces uno puede pensar que ese señor, que lleva siempre un palillo de dientes enganchado a la comisura del labio como si de un incisivo de Draculín se tratase, dispone de un paluego histórico entre las muelas de una barbacoa del año 94. ¡Que el paluego ha ido hasta a la mili y te cuenta batallitas y todo! Como podéis imaginar, asomarse a la garganta de ese hombre un día que bostece será como adentrarse en las tierras de Mordor.

El de la tragaperras: No hay bar de postín sin su tragaperras luminosa. Es su banda sonora. Los fans de los bares “de toda la vida”tienen una lista de Spotify los más modernos, los que no usan aún la gramola con los mejores sonidos de esas maquinitas de engullir monedas expertas en destrozar familias de ludópatas. En estos bares siempre había un señor, con una mano apoyada en la parte superior de la máquina agarrándola, por si se escapa y la otra introduciendo monedas una y otra vez. Y tirurí, tirurí, clac, clac, clac. Así toda la tarde. El día que la dejaba, aparecía el primer novato de turno que se llevaba todo el premio. Su excusa ante la mala suerte era siempre: “Ahora que la tenía calentita”. Y el tiburón se la llevó.

Los del dominó: Si algo he aprendido visitando bares “de toda la vida” es que para jugar el dominó solo hay una regla y es la más importante. Hay que poner las fichas en la mesa dando un sonoro golpetazo a ritmo de CLACA. Soltar pieza, CLAC, poner otra pieza, CLAC. El que la suelta suavemente es eliminado. Los numeritos de las fichas son completamente irrelevantes, ahí gana el que la suelta con más mala hostia.

Y esto es todo de momento, y lo dejo abierto para posibles ampliaciones en la versión 2 de la fauna de los bares de barrio.

Goyo Gonzalez. Julio 2.017

 

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