24 enero 2021

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El mundo del viejo pescador.

El mundo del viejo pescador.

alexanderignatiusroche-theoldfishermanVolvía a puerto, con las primeras brisas del virazón. El sol, alto ya, calentaba y disolvía las nubes sobre el pueblo y se había llevado la niebla que le acompaño poco antes del alba cuando salía a pescar. Se miraba la palma de una mano mientras la otra llevaba la caña con esa aparente falta de esfuerzo con que trabajan las cosas que están hechas la una para la otra.

Siempre duelen las manos, después de una jornada de pesca recorriendo el mar para tirar y recoger los trasmallos, las manos están resentidas de la quemazón de los cabos, salados y húmedos, cabos de nylon verde de los baratos, de los de pescar. Duelen los riñones de mantenerse erguido mientras se recoge el fruto del mar mientras las olas convierten la barca en un apoyo inseguro, y duelen los ojos de evitar el reflejo del sol sobre el agua, entrecerrándolos pero teniendo que mantener la mirada en las caprichosas olas para prever el siguiente arrullo del mar a la pequeña embarcación.

El pescador hacía y sentía esto sin mayor conciencia que la de la práctica, la que dan los años pasados sobre esa barca, con frío, calor, lluvia, marejada y con lo que los demonios crueles del mar guardaban para él para cada día en el mar.
Pero desde hacia unos meses sentía un dolor nuevo, diferente, leve pero sordo y constante, el sabía que ese dolor no venia del mar, ese dolor venía de la edad, y venía de muy adentro. Y cada día era más constante, más sordo y menos leve. El lo combatía como único sabía, resoplando y jurando entre dientes, pero sin quejarse, por que el mar enseña que no sirve de nada quejarse.

Solo fue al médico tras quedarse sin aliento al recoger una captura un poco mas abundante que las demás y, como buen pescador, no fue buscando cura sino linimento que le permitiera en el futuro afrontar esos achaques sin perder el resuello.

Recordaba escasamente el diagnóstico, simplificándolo en su memoria a unas pocas palabras, «contra ese mal no se puede luchar».

Pero mientras se dirigía a puerto y se miraba la palma de la mano, entendía que pronto no podría recoger una red, y eso no tenía lógica en su mundo, pues, sin poder hacerlo, su mundo no existía.

A su entender, en la vida, cada uno tiene una lucha, y su lucha era contra el mar, no podía luchar contra un mal que no entendía, ni quería luchar contra una vida que se le escapaba.

Quizás por eso, mientras se miraba la palma de la mano, decidió que había tenido un buen día de pesca y que sería un buen último día de pesca.

A la mañana siguiente cogió su hatillo y salio un poco mas tarde de lo acostumbrado, se encamino a su barca, zarpo y se hizo a la mar.

… nunca mas volvió.

Goyo Gonzalez

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